Lanzarote
Una revelación mineral
El final de un viaje no coincide siempre con su regreso. Hay viajes que se cierran en el aeropuerto y otros que continúan, como una conversación que queda en suspensión. Yo considero que un viaje ha terminado cuando soy capaz de escribir acerca de él.
Lanzarote fue una revelación mineral, pero no inmediata: llegó despacio, como si el paisaje exigiera, antes de mostrarse, una forma de desposesión. El primer día, en Jameos del Agua, no entendí nada. Mi cara —me dicen— debía parecerse a la de quien descubre un extraterrestre en mitad del salón. Todo me resultaba excesivamente desnudo, casi austero hasta rozar lo hostil. Luego comprendí que no faltaba nada, que lo que sobraba era yo. O, más exactamente, mi manera de mirar, aún saturada de lo superfluo de la ciudad. Y entonces ocurrió algo imperceptible. Me fui despojando, me volví un poco salvaje. Había intentado llegar muchas veces a Lanzarote. Tal vez alguna vez lo hice con la imaginación. Pero esta era la vez verdadera, y también la compañía exacta.






Un día, viendo la isla de La Graciosa, me di cuenta de que el viento de Lanzarote no es nunca una molestia sino una estructura. Ordenaba el tiempo, el cuerpo, incluso el pensamiento. Las palmeras no eran decorativas: eran una lección de resistencia. Inclinadas, sí, pero intactas. Como si supieran que ceder no es lo mismo que romperse. Y pensé que no eran muy distintas a los seres humanos heridos.
Y entonces llegó ese amanecer.
No estaba del todo despierta. Salí en ese estado intermedio en el que el mundo aún no ha terminado de fijarse. Caminé sin rumbo claro hasta detenerme en la ventana, frente a un volcán —uno cualquiera, quizá, pero en ese momento absolutamente singular—. Primero vi una claridad gris, indecisa, que apenas dibujaba contornos. Luego un naranja tenue, como una brasa que no termina de imponerse. Nada espectacular. Ningún clímax. Y, sin embargo, una exactitud absoluta. El volcán no se movía. Yo tampoco. Pensé —o sentí, que es otra cosa— que esa era la forma más honesta de belleza que había experimentado en mucho tiempo: una belleza sin necesidad de ser mirada. Una belleza que no te reclama; una belleza a la que le das igual, pero que, si te detienes, te reorganiza.
Ahí entendí mejor al pintor y escultor César Manrique: no añadir, no invadir, no mejorar el paisaje. Simplemente acompañarlo. Como si la verdadera creación, en ese lugar perfecto, consistiera en no estropear. En eso pensé muchas veces cuando visité su casa y me enamoré de ella y me imaginé a mí misma siendo su anfitriona. Ya me gustaría…









Leía Astillas de Leslie Jamison en Lanzarote y algo encajaba: prestar atención como forma de amor. Prestar atención incluso a lo que no se ofrece. Cuando me fui de Lanzarote, no sentí que dejara un lugar, sino una forma de estar.
Ya quiero volver.




Qué suerte 🎈🌋